Ni machonas ni feas ni dementes. Jugadoras de rugby.
En el rugby hay lugar para todas. Grandotas, flaquitas,
jóvenes, menos jóvenes, atletas y muchachas con un historial de sedentarismo.
Todas pueden jugar: la única condición es dejar el alma por el de al lado. El
rugby es un deporte que se gana, necesariamente, entre todos: una gran cofradía
destinada a la protección mutua, a forjar hermandades a los tackles.
Va a doler. Va a costar. Y sí, te miran raro. Nadie dijo que
fuera fácil, pero vale la pena: vale la pena desafiarse, explorar más allá de
lo conocido. Cuando te das cuenta de cuánto vale la pena, el dolor de un tackle
que te agarra desacomodado empieza hasta a tener un gustito especial: encontrás
un éxtasis en cada entrenamiento, en cada choque, en cada scrum, en cada maul,
que es el éxtasis de acercarse al potencial de cada uno, de no quedarse
sentadas en casa poniendo etiquetas a los demás, diciendo que aquella es machona,
que aquella es fea, que aquella está loca.

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