Cae la noche en el predio de la colonia municipal, en 122 y 56, los márgenes de una ciudad estructurada matemáticamente, un perfecto cuadrado atravesado por líneas rectas. Allí, en las afueras de la cuadrícula y en los límites del día, un puñado de muchachas se pasa una pelota ovalada en la penumbra. Victoria Venere tiene entonces, en el año 2002, 25 abriles: y se acerca a charlar con la nube de deportistas con el objetivo de completar un trabajo para la facultad.
Enseguida se enamora.
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Quienes juegan son las Amazonas, el primer equipo de rugby femenino que existiera en la ciudad de La Plata, y que pronto contaría con Venere entre sus líneas. No tenía nada que temer: allí todas eran absolutamente novatas, como ella, y como la mayoría de sus rivales. La única que sabía algo de rugby en Amazonas era Selene Barboni: tenía entonces 19 años, y había vivido su adolescencia en Brasil, donde el deporte se practica más abiertamente. Allí, despuntó el vicio en el San José, club de San Pablo. Debía ser la jugadora más experimentada del país: el equipo argentino más añejo, Cha Roga, tenía entonces apenas 3 años. Los torneos eran informales y esporádicos, a veces de seven y a veces de XV. En el interior había algo más de arraigo, pero en el centro neurálgico del país la tradición era fuerte y a las Amazonas las miraban perplejos.
No se trataba de un grupo de locas. La mayoría eran, simplemente, estudiantes jóvenes con ganas de nuevos sabores: Victoria Meroni tiene la misma edad que su tocaya y ha sido un animal de agua hasta ese año, practicando snowboard, vela y surf en la era preglobal de los deportes náuticos; Solange Cotsali siempre quiso hacer rugby, y finalmente encontró su lugar. Pero incluso hay lugar en el grupo para chicas no tan intrépidas: a Valeria López le sugirió jugar al rugby su psicóloga, como un modo de superar sus problemas de comunicación. Los desinhibidos terceros tiempos femeninos, donde hay bailongo y carnaval, sin dudas sirvieron a ese propósito.
Muchas jugadoras, en realidad, siguieron jugando en Amazonas más que por el rugby, una excusa, por esa comunión, esa hermandad cófrade gestada en el equipo, hecha de micros-carreta sin baño (pero con olor a baño), de entrenamientos a oscuras en el lodo, hombro con hombro, de lesiones y dolores, de miradas ajenas que cuestionan, de terceros tiempos con patis como fondo de la cumbia a todo volumen. Torneos casi no jugaban, pero sí pasearon, durante 2002, por todo el país junto a la decena de equipos que existían por entonces, en una especie de viaje de egresados que hizo que, en muchos rincones del país, a muchas muchachas sin un deporte que les satisfaciera el deseo de desafiarse les picara el bichito. Anduvieron por Mar del Plata, Tandil, Gualeguay, Santa Fe, Chaco, Tucumán. Hoy, todas esas localidades cuentan con su equipo de rugby femenino.
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Sin pateadoras formadas desde el semillero, el juego no se vuelve puro kick al fondo, fluye, se juega. Las chicas tacklean, “les encanta”, dice Venere, algo sorprendida y un tanto alejada del tumulto, resguardada por las espaldas anchas de las primeras líneas en su posición de wing. El resto no difiere de lo que ocurre entre los hombres: cuando tu compañero depende de que pongas el hombro, no hay lugar para arrugar. Las Amazonas van al frente.
Sin torneos, sin competencia estable, y sin apoyo ni reconocimiento de los organismos oficiales (la UAR tardaría 5 años más en crear un equipo nacional y una competencia oficial, en curiosa coincidencia con la decisión del Comité Olímpico Internacional de convertir al rugby en deporte olímpico), todo se vuelve a pulmón. Las muchachas crecen, se reciben, se casan, se van de la ciudad. El entusiasmo inicial se diluye ante los micros que hay que pagar continuamente, la falta de equipamiento para entrenar, el desamparo médico que sufren por su condición marginal, y, claro, las obligaciones de la vida. Las Amazonas, el primer equipo de rugby femenino que pisó suelos platenses, se esfuma en la misma penumbra brumosa en la que entrenaban a diario. Sin dejar más rastros que un legado que animó a animarse a toda una generación que buscaba su lugar en el mundo.

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